Mouseion es una palabra griega que designaba el santuario consagrado a las musas. Con el tiempo, en el helenismo, acabará asociándose a los lugares donde se recibe la inspiración, refiriéndose a un tipo particular de villa reservada para las charlas filosóficas.
El mouseion quiere recoger ese espíritu de encuentro y convertirse en un lugar de reflexión y crítica de las artes contemporáneas.
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domingo, 11 de agosto de 2019

Odiseo y las mujeres



Es curioso cómo a veces las obras más antiguas pueden ser mucho más modernas de lo que cabría esperar. Hoy quería compartir una pequeña reflexión sobre el tratamiento que se le da a las mujeres en la Odisea. Baste apuntar que esta obra, una de las fundacionales de la literatura occidental junto a la Ilíada ―aunque muy diferente de esta, y posterior―, es, como se sabe, una recopilación de cuentos populares con un mismo protagonista, cuya personalidad está muy bien perfilada y sorprende porque los valores que maneja son radicalmente distintos de los protagonistas de la Ilíada. Odiseo es un tipo al que le importa bastante poco el honor, ni siquiera las apariencias. Se jacta de engañar y servirse de astucias para vencer, durante toda la obra se refieren a él como «Odiseo, rico en ardides» «el muy astuto Odiseo», y epítetos por el estilo y él mismo se presenta ante Alcínoo, el rey de los feacios, de esta manera: «Soy Odiseo, hijo de Laertes, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas».




Bien, a pesar de no tener ninguna consideración por el honor o cualquiera otra de las virtudes, vemos sorprendidos cómo los dioses (todos salvo Posidon) apoyan y tratan de ayudar a Odiseo, al que llaman también «el destructor de ciudades». Es tan clara la arbitrariedad del juicio de los dioses que una empieza a preguntarse desde el principio si no será todo esto una crítica velada a esa supuesta justicia divina. Que lo es. Odiseo es el antihéroe desde el principio, no se logra explicar por qué los dioses lo defienden. En fin, la cuestión es que al principio del todo, los dioses (después de una argumentación de Atenea bastante delirante, especialmente para ser la diosa de la justicia) deciden que Odiseo no merece el castigo que tiene, ya que estar en una isla paradisíaca con un una ninfa que lo ama y lo cuida y le ofrece la inmortalidad es un castigo demasiado severo para él, que ha engañado, contravenido los designios divinos, atacado y herido al hijo de un dios y en definitiva matado a un montón de gente inocente. En la isla donde Odiseo es tan desgraciado se dice literalmente que había, entre otras cosas, una viña tupida que abundaba en uvas y cuatro fuentes de agua clara que corrían cada una hacia un lado. Saquen sus propias conclusiones. 




Y es aquí, al comienzo de las aventuras de Odiseo, donde vemos las primeras muestras de desconfianza hacia las mujeres, que no serán pocas. El mismo Hermes, mensajero de los dioses, que va a darle la noticia a Calipso de que Odiseo debe partir, parece algo suspicaz cuando le da el mandato de Zeus. Y el propio Odiseo desconfía de ella pensando que trama algún tipo de venganza contra él por abandonarla, cuando la ninfa no ha hecho más que recibirle, cuidarle y ofrecerle todo cuanto tiene, incluida la inmortalidad. Todos dan por hecho que ella le echará algún tipo de maleficio por despecho, y lo que ella hace sin embargo es no solo ayudarle a construir el barco, sino que además le da provisiones, le indica el camino y le envía un viento propicio. Lo único que hace es quejarse del machismo de los dioses en su primer y prácticamente único discurso:

CALIPSO: Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que vivís con facilidad [...] Así ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole el brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus nobles compañeros, pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y lo alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin vejez para siempre. Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa y se lo manda. Mas yo no lo despediré de cualquier manera, pues no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le ocultaré para que llegue a su tierra sano y salvo.

Desde luego parecería un discurso bastante revolucionario para estar escrito en el siglo VIII a. C. No sólo se queja ante los dioses sino que además defiende que una mujer pueda disfrutar del amor y del sexo fuera del matrimonio, y además rechaza la idea de que por haberlo amado iba ahora a dejarse llevar por sentimientos como el rencor y el odio, lo que, como sabemos, no resistiría una comparación con algunas obras posteriores, incluso actuales, en cuanto a personajes femeninos se refiere.

Estatua de Calipso en Ceuta, foto de Vardulia


Por supuesto las sospechas de Odiseo son completamente infundadas, pero ya sabemos que la partida de la isla de Calipso no es el principio de la historia, sino más bien el final. Es decir, mucho más infundadas son sus sospechas cuando, precisamente a lo largo de todo el periplo que le llevó hasta esa isla, han sido las mujeres las que le han salvado el pellejo en multitud de ocasiones. En realidad, durante toda la obra y siempre desinteresadamente. 

Odiseo desembarca en un buen número de islas distintas durante toda la Odisea encontrando siempre habitantes muy distintos en cada una de ellas. Si nos fijamos bien, en todas las islas en las que el primer personaje que se encuentra es un hombre (o un gigante, o un dios), al final sale escaldado de esa isla, huyendo y temiendo por su vida, aunque muchas veces de forma descarada porque ya sabemos que la vergüenza no está entre las virtudes de Odiseo. La única excepción sería Eolo, cuya isla abandona en buenos términos la primera vez, no tanto la segunda. Sin embargo, si el primer personaje que encuentra en la isla es una mujer o una niña, al final conseguirá lo que quiere y no solo eso, sino que se irá cargado de provisiones y buenos augurios. Y sin embargo, su desconfianza sigue estando focalizada en las mujeres, que, además de esto, le salvan la vida varias veces cuando está en el mar a punto de ahogarse. Esta desconfianza llega a ser tan absurda y tan contraria a lo que vemos que luego pasa, que una llega a pensar que es un alegato en contra de esa misma mentalidad, esa absurda idea que Odiseo mantiene durante toda la obra aunque la historia le va demostrando lo contrario sistemáticamente. Deja ese machismo como algo absurdo, algo que no deja de sorprender en una obra tan antigua. 



Y luego tenemos el personaje de Circe. Circe es una hechicera que vive tranquilamente en su isla sin que nadie la moleste. Bueno, no exactamente, van algunos hombres y mujeres para expiarse después de haber ofendido a los dioses, como es el caso de Jasón y Medea, que acuden a ella después de haber matado al hermano de Medea en su huida. En fin, que en otras obras antiguas aparece Circe también como una especie de mediadora entre los dioses y los mortales y ahí está ella haciendo sus hechizos de vez en cuando. Entonces llega Odiseo y sus amigotes a la isla, y por vez primera se dividen en dos grupos y Odiseo no encabeza el grupo expedicionario, sino que se queda junto a su embarcación. Van los compañeros y cuando encuentran el palacio de Circe, entran en el pórtico y la empiezan a llamar a gritos. Yo no sé si esa es la forma de entrar en un palacio de una hechicera, especialmente si no te han invitado, pero parece evidente que no le sentó muy bien. Los invita a entrar y los hechiza, convirtiéndolos en cerdos. Supongo que alguien habrá escrito ya acerca de este complejo y casi indescifrable simbolismo de convertir en cerdos a unos señores, que por lo que sabemos de ellos tienen bastante pinta de ser unos energúmenos, que aparecen en el palacio de una linda mujer con sus voces dispuestos a darse un banquete sin más mediación.



Y entonces ocurre algo bastante curioso, por no decir otra cosa. Uno de los compañeros consigue escapar y va corriendo a contarle a Odiseo lo que ha pasado. Odiseo, por supuesto, deja a los demás en el barco y se manda él solo al rescate. Recordemos que en el palacio de Circe hay lobos y leones y que Odiseo es comparado en multitud de ocasiones, especialmente cuando está en un entorno de mujeres, con un «león montaraz». Y sin embargo le sale Hermes al encuentro para ayudarle. A estas alturas del relato los dioses ya ni se molestan en disimular que van con Odiseo a pesar de todas las barbaridades que ha cometido. Le da una pócima para que los hechizos de Circe queden sin efecto y le dice que la amenace con su espada. Y entonces ella le invitará a su lecho, por miedo a que la mate. Es decir, se van a acostar los dos solo por miedo a ser asesinados por el otro. Y él debe asegurarse de que Circe no le hechice para que en el momento de la verdad no le haga «cobarde ni poco hombre cuando te hayas desnudado». Es que te tienes que reír. Pero luego dejas de reírte: ¿Por qué iba a querer Circe hacerlo poco hombre y cobarde en la cama si no se trata de una violación?



Y sorprendentemente, después de este episodio extraño, después de haberse acostado con Circe, ella accede a liberar a sus compañeros y sin embargo ellos no se marchan, sino que, por algún motivo, se quedan de banquete en banquete, dándose la vida padre y por supuesto Odiseo teniendo un romance con Circe. Y así se tiran un año de fiesta (recordemos lo triste que estaba Odiseo por volver a su hogar) hasta que son sus propios compañeros los que le insisten en volver a navegar para emprender el regreso. Y una vez más, Circe no solo lo deja marchar, sino que le indica el camino que debe hacer para expiarse, que incluye una paradita en el infierno, y todo lo que debe hacer para salir indemne. 

Por supuesto, no podemos obviar el célebre episodio de las sirenas. Sí, las sirenas, esos seres femeninos o feminizados que hechizan a los marineros con su voz melodiosa, nadie sabe muy bien para qué. Lo que Circe le avisa sobre ellas es que «Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan estas con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca». En ningún momento se dice que las sirenas sean asesinas o malvadas, simplemente que quien las escucha no quiere ya volver nunca más. Desde luego con ese argumento dan muchas ganas de escucharlas. Y, efectivamente, Odiseo pide que le aten al mástil para poder hacerlo. Y cuál es nuestra sorpresa al saber lo que dicen:
«Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda».

Sorprendentemente, las sirenas no tratan de embaucarlo con placeres, ni hacerle grandes ofrecimientos, ni adularlo. Lo que tienen las sirenas que es tan irresistible es su conocimiento, su saber de todo cuanto ocurre. Es el conocimiento la perdición de los hombres, no la lujuria ni el amor. ¿Y si dicen la verdad? Quizás la elección no es entre la vida y la muerte sino entre la ignorancia y el saber. Y esto se me parece demasiado a la fábula del pecado original, y la tentadora manzana que colgaba precisamente del árbol del conocimiento del paraíso de las tres grandes religiones monoteístas y la Eva culpada por ello para toda la eternidad. Pero eso es otro tema. En fin, que me parece que al final las sirenas tampoco eran tan malas como las pintaban. Quizá simplemente sabían demasiado.

Pero volvamos al resto de mujeres que directamente le salvan la vida a Odiseo en tantas ocasiones. Para empezar la figura femenina que hace todo lo posible, y lo imposible, por ayudarlo, sería Atenea. Dejémosla a ella en el Olimpo. También está Ino Leucotea, una ninfa o diosa del mar, según la versión, que le salva de ser ahogado sin motivo aparente. Por supuesto también Nausícaa y su madre, Arete, a quienes él va directo a rogar ayuda con el método infalible del amontonamiento de piropos. Finalmente, cuando llega a Ítaca, su vida también depende de la esclava que no lo delata. Por no contar a Calipso y Circe, sin cuya ayuda Odiseo nunca hubiera podido volver. Que me perdonen si me olvido de alguna.


Y por supuesto tenemos a Penélope. La buena y casta y casi santa Penélope, que espera a Odiseo incluso cuando ya está convencida de que está muerto, lo espera durante veinte años de castidad en los que además sufre el acoso perpetuo de esos famosos pretendientes que básicamente la tienen secuestrada en su casa. Esos maleducados aristócratas que se presentan día tras día en su palacio como otrora hicieran los compañeros de Odiseo en el palacio de Circe. Y casi al igual que ella, Penélope también trama un engaño ―esta vez sin drogas de por medio― para evitar tener que volver a casarse, cosa que, diez años después de terminada la guerra a la que se fue Odiseo y en los que él no ha dado señales de vida y básicamente ha estado por ahí viviendo aventuras, desafiando monstruos y dioses, saqueando, pegándose grandes festines y teniendo relaciones amorosas, incluso se dice que un par de hijos por ahí, hubiera sido más que razonable que Penélope siguiera con su vida. Pero no. Ella se mantiene fiel y casta y prácticamente muerta en vida. Todo lo que hace es coser y descoser. Engañando a los pretendientes en lugar de rechazarlos abiertamente, mintiendo y haciendo trampas, al modo de su marido. Y todavía Odiseo desconfía de ella y por eso la engaña como a los demás a su regreso. No importan las pruebas que ella haya dado de fidelidad con el supuesto muerto. Ella es en realidad la gran sufridora de la Odisea. 


Merece la pena, para ir terminando, transcribir el breve diálogo que mantiene Odiseo con Agamenón en el Hades a este respecto. Agamenón es traicionado por su mujer Clitemnestra y asesinado por ella y su amante al volver a casa de la guerra. (En el relato se omite la parte de la historia en que Agamenón había engañado previamente a su mujer para que enviase a la hija de ambos para casarla con Aquiles, cuando en realidad iba a ser sacrificada en un altar a Artemisa para poder avanzar en la guerra, cosa que ya de por sí justificaría sobradamente la venganza de Clitemnestra, en mi humilde opinión. Pero es que además de matar a su hija y haberle sido infiel reiteradamente, se había traído una esclava concubina de regalo). Es una de esas historias que van circulando durante toda la Odisea y que se usa como referente para la historia principal («pobre Agamenón que ha sido asesinado por su malvada esposa») y que por supuesto justificaría la misoginia de Odiseo que, como hemos visto, en el resto de la obra se ridiculiza a fuerza de personajes femeninos valientes, ejemplares y siempre generosos y bienintencionados. Pero la conversación que tienen los dos reyes es la siguiente:

AGAMENÓN: (Después de explicar cómo fue asesinado por su Clitemnestra)...  ¡Y yo que creía que iba a ser bien recibido por mis hijos y esclavos al llegar a casa! Pero ella, al concebir tamaña maldad, se bañó en la infamia y la ha derramado sobre todas las hembras venideras, incluso sobre las que sean de buen obrar».
 Así habló, y yo me dirigí a él contestándole:
«¡Ay, ay, mucho odia Zeus, el que ve a lo ancho, a la raza de Atreo por causa de las decisiones de sus mujeres, desde el principio! Por causa de Helena perecimos muchos, y a ti, Clitemnestra te ha preparado una trampa mientras estabas lejos».
Así dije, y él, respondiéndome, se dirigió a mí:
 «Por eso ya nunca seas ingenuo con una mujer, ni le reveles todas tus intenciones, las que tú te sepas bien, mas dile una cosa y que la otra permanezca oculta. Aunque tú no, Odiseo, tú no tendrás la perdición por causa de una mujer. Muy prudente es y concibe en su mente buenas decisiones la hija de Icario; la prudente Penélope. Era una joven recién casada cuando la dejamos al marchar a la guerra y tenía en su seno un hijo inocente que debe sentarse ya entre el número de los hombres; ¡feliz él! Su padre lo verá al llegar y él abrazará a su padre ―esta es la costumbre―, pero mi esposa no me permitió siquiera saturar mis ojos con la vista de mi hijo, pues me mató antes. Te voy a decir otra cosa que has de poner en tu pecho: dirige la nave a tu tierra patria a ocultas y no abiertamente, pues ya no puede haber fe en las mujeres».
Bien, como decíamos al principio, a pesar de esta ridícula desconfianza permanente por parte de Odiseo y de otros personajes, son las mujeres las que le salvan continuamente, le cuidan y le ayudan y dan ciertamente un ejemplo mucho mejor del que dan los personajes masculinos, y sobre todo mucho mejor que el propio Odiseo. Una pensaría que después de todo lo vivido, Odiseo aprendería la lección y dejaría de desconfiar tanto de las mujeres, pero por supuesto que no. Cuando vuelve a Ítaca desconfía de todos, incluida su propia mujer, y una vez que ha llevado a cabo su venganza, a todas luces desproporcionada y cruenta, decide también pasar a cuchillo a doce de sus propias esclavas por haber caído en la desvergüenza de haber dormido con pretendientes, incluso aunque unos párrafos antes había admitido que los pretendientes las habrían forzado. Es decir, mata hasta las esclavas que han sido violadas. Es un acto tan irracional y atroz, ―y tan contrario al primer discurso de Calipso―, que claramente cualquier lector lo rechaza y queda disgustado ante un final tan amargo. 




La contradicción entre la historia que vive Odiseo y su propio pensamiento es tan clara que una podría pensar que simplemente Homero, si es que existió, o quien/es se agruparan bajo ese nombre, trata de poner esa misoginia en ridículo, de hacer ver lo equivocado que está, de tan machista se vuelve irónico. Como cuando piensas que cualquier obra escrita con anterioridad a la época actual será mucho más machista ―y más, cuanto más antigua―, y a fuerza de leer te vas dando cuenta de que no es así.  

lunes, 21 de marzo de 2016

El poema en el momento exacto


Hace un par de años llegué a un libro (porque los libros, especialmente los de poesía, no se compran, si no que llegan a nosotros o nosotros a ellos, tras haber dado naturalmente los pasos adecuados, a veces pasos al interior de una librería, a veces rondando cierto estante en casa de algún amigo, o a veces nos sorprenden por la vida de improviso) que sin saberlo había estado buscando. Quizás, incluso, era algo que necesitaba, sin ser consciente de ello, hasta que lo tuve en las manos y lo empecé a ojear (o, en este caso, hojear).

Por qué lo necesitaba quizá es un asunto algo más personal, pero digamos que estaba en uno de esos momentos de debilidad, de duelo por algún tipo de pérdida, llegando en ciertos momentos al desconsuelo. Ese tipo de estado del alma que sólo empieza a sanar con unos versos, a veces solo unos y no otros, en el buen caso de que te encuentre el poemario adecuado. Y eso me ocurrió, con una humilde antología de Efraín Huerta. Una pequeña antología, muy fina, en una gran librería. Reposaba allí, con toda su modestia, casi escondida entre gigantes, sabiendo, quizá, que por fin había venido a buscarla. Que la llevaría conmigo a casa y compartiríamos algunas tardes. Lo que no podía prever es que ese solo sería el principio del viaje, puesto que ha venido conmigo a diversos lugares, hemos viajado juntas y separadas para volver a reunirnos después, y ahora aquí estamos las dos en Buenos Aires. Tanto tiempo después los poemas me dicen cosas diferentes, claro. Pero me siguen hablando. Me dicen cosas nuevas en versos viejos que antes estaban mudos y ahora toman la palabra. Se hacen oír. Resuenan con nueva voz. Se añaden coros a las voces que ya sonaban y me hacían sonreír con determinadas asociaciones, armonías, metáforas, imágenes que se superponen en la lectura y en mis recuerdos. Poesía pura, vaya.

Haciendo justicia a los poemas que quizá más me ayudaron en aquel momento, y más me impresionaron y consolaron por la misma razón, reproduzco aquí el "Primer Canto de Abandono". Es el primero de cuatro, si a alguien interesa leer los otros tres, los dejo aquí, como un regalo para quien los pueda necesitar ahora (en ese gran ahora que todo lo comprende en la inmediatez de internet, sea cuando sea ese momento).

Feliz Día Mundial de la Poesía.



PRIMER CANTO DE ABANDONO

I

Si mi voz fuese nube, ira o silencio
crecido con el llanto y el amor;
si fuese luz, o solamente ave
con las alas cargadas de tristeza;
si el silencio viniese, si la muerte...

¿Adónde ir con ella, iluminada
con fuego de gemidos y caricias
y gérmenes de mustias esperanzas?

Y una voz inhumana:
―Donde no existan lágrimas de odio
ni pantanos con rosas y claveles.

Mi voz en la saliva del olvido,
como pez en un agua de naufragio.


II

(Pero yo amo el abandono por violeta y callado.
Amo tu entrada al invierno sin mi cuerpo,
admiro tu fealdad de dalia negra dolorida,
adoro con ceguera tu pasión por la lluvia
y el encanto de tus narices frías,
amada razonable y sencilla).


III

Ya mi voz no suplica ni lastima
como la vieja música del mar
a los marinos tímidos y al cielo.
Si pudiera la haría tan suave
como fino suspiro de muchacha,
como brillo de dientes o poema.

Oh, voz del abandono sin sollozos:
oh, mi voz como luz desordenada,
como gladiola fúnebre.

Ella hace el canto primero del abandono
en lo alto de risibles templos,
en las manos vacías de millones de hombres,
en las habitaciones donde el deseo es lodo
y el desprecio un pan de cada noche.

Ella es mi propio secreto,
lo invisible de mí mismo: mi conducta
en la carne de los jardines, en el alma de las playas
cuando hacia ellas voy con las manos cantando.

Mi voz es el resumen de todos los insomnios:
mi adolescencia mediocre y sencilla
como una ceniza palpitante.

No lloraría por mi ternura finalmente enterrada
ni por un sueño herido sentiría fina tristeza,
pero sí por mi voz oculta para siempre,
mi voz como una perla abandonada.

lunes, 21 de julio de 2014

Monstruos Invisibles, de Chuck Palahniuk

Hoy voy a hablar de un libro extraño.
Monstruos Invisibles [1999] es un libro al que llegué, como no podía ser de otra manera, de casualidad, y cuya lectura me resultó tan bizarra como reveladora.

Así que se podía.
Se podía, se puede escribir de forma totalmente diferente, se puede narrar alterando continuamente la línea del tiempo.


Antes de sentarme a escribir, he buscado algo de información en Google sobre este libro, y las reseñas que he podido encontrar dicen que trata sobre la belleza en el mundo actual, sobre la aceptación y la rebuscada historia de una modelo que sufre un accidente que le desfigura el rostro. También hablan del estilo Palahniuk, de sus personajes, de las controvertidas historias que suele contar.

Yo he tenido la suerte de que no había leído nada suyo antes de Monstruos Invisibles. No estaba condicionada en ese sentido ni para bien ni para mal. Es un pequeño volumen que encontré en una estantería, por casa, y que empecé a leer casi por distracción, sin imaginar siquiera lo que me esperaba a la vuelta de cada página.

No os voy a contar la historia que cuenta [o, mejor dicho, que se deduce de] el libro, porque pienso que resumir la historia es una traición para un libro que comienza [aunque no es el principio estricto], así:

No esperéis que esta sea una de esas historias que dicen: y luego, y luego, y luego.
Lo que ocurre se parecerá más a una revista de moda, al caos de Vogue o de Glamour, con numeración en cada segunda o quinta o tercera página. Caerán bolsitas de perfume, y mujeres desnudas a toda página surgirán de la nada para venderos maquillaje.
No busquéis un índice, enterrado, como suele ocurrir en las revistas, a veinte páginas de la portada. No busquéis nada en absoluto. Tampoco existe una pauta real para nada. Las historias empiezan y, tres párrafos después:
Saltan a una página cualquiera.
Y vuelven a saltar.
[...]

Recordad, tal como ocurre en Vogue, que no es necesario seguir los saltos de cerca.

Continuarán en cualquier página.
Por más que lo intentes, siempre tendrás la sensación de haberte perdido algo, el sentimiento metido bajo la piel de no haberlo vivido todo. Ese corazón abatido te dirá siempre que has pasado por alto momentos en los que deberías haberte fijado.
Bien, acostumbrémonos a esta sensación. Algún día, la vida se reducirá sólo a eso.
Todo es cuestión de práctica. Esto no tiene importancia.

Ni que decir tiene que las bolsitas de perfume o los desnudos femeninos a los que alude los irá descubriendo el lector como dosis regulares de lo más embriagador y perverso que pueda imaginar. Para leer más fragmentos, pincha aquí.

El argumento de la historia no puede ser contado. Si, [pensaréis], ya os he dicho que trata de la vida de una modelo antes y después de un accidente que le desfigura el rostro, pero la mayoría se olvidan de reseñar que no es una mujer normal, no es una modelo cualquiera. Nuestra narradora es un mujer con una personalidad extrema, que muchos psiquiatras no dudarían en diagnosticar con uno o varios desequilibrios. Pero eso no nos importa. No importa qué diagnóstico le daría un examen mental. Importa que es ella la que nos está contando la historia, y lo hace de una forma increíblemente desordenada y llena de realidades ocultas.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La Isla de las Tres Sirenas (cuando la utopía se convierte en paraíso)

Qué amplio y desbordante es siempre el tema de la utopía. Bueno, tanto como se quiera, porque depende siempre del nivel de exigencia del autor. Lo que hoy nos ocupa es la supuesta sociedad idílica que propone Irving Wallace en su particular atolón, y el impacto que tiene esto en los visitantes occidentales protagonistas de la expedición que nos cuenta.

Como breve resumen para los lectores desprevenidos, La Isla de las Tres Sirenas [1964], de Irving Wallace trata sobre una etnóloga americana de cierta reputación, Maud Hayden, madre de un hijo también etnólogo y viuda en sus cincuenta, que recibe un buen día la carta de un personaje olvidado de su pasado, un ex arqueólogo convertido en comerciante con quien coincidió en un pretérito viaje a Tahití. En esta carta le habla de un lugar olvidado de la civilización durante siglos, y cuyo modo de vida parece insólito y casi perfecto, y desde luego, de muchísimo interés para la etnología. Se trata de un lugar donde las costumbres sexuales están liberadas de prejuicios, puritanismos, exigencias, traumas o complejos, y donde viven su sexualidad libre y desvergonzadamente. Además, convenientemente todos hablan bien inglés porque son la mezcla de la tribu polinesia original y la expedición de Daniel Wright en los albores del siglo XIX en busca de una vida lejos del puritanismo y la censura imperante que había sufrido en Inglaterra, y donde poner en práctica sus ideas revolucionarias, y, en cierto modo, adelantadas a su época sobre la sociedad ideal.  Haciendo una única excepción los habitantes, o más bien su jefe, Paoti Wright, permiten una expedición etnológica a Maud Hayden y el equipo que la acompañe, con la innegociable condición de que nunca se revele el secreto de su ubicación.
Así Maud Hayden se lleva a su hijo y a su nuera-secretaria, Claire, la gran protagonista del libro en realidad, y a otros siete personajes, cuyas historias tendrán también gran relevancia.

Vayamos por partes:
Como es de buena educación decir primero las bondades, hay que mencionar la excelente prosa y caracterización de los personajes, cuidadosamente escogidos en un amplio rango de edades y situaciones personales...

Las historias de todos ellos se intercalan, primero en su casa, en su ciudad y situación personal y en algunos dilemas a los que se tienen que enfrentar en su vida, dilemas creados directamente por nuestra sociedad y en general nuestro sistema de pensamiento. Todos se encuentran en algún tipo de encrucijada  moral, [aunque el lector ya puede empezar a sospechar por dónde van los tiros al ir revelándose que todos los problemas están directa o indirectamente relacionados con el sexo]. Así, podemos entender sus puntos de partida sin caer en una larga y aburrida presentación de personajes, porque en principio todos tienen una clara y diferente posición intelectual y emocional. Y este sistema narrativo, de historias intermitentes, continúa durante todo el relato, contando a tramos casi siempre bastante bien empalmados, el viaje, los pensamientos y experiencias de cada personaje. El lector sabe que este viaje al paraíso afectará de forma diferente pero igualmente decisiva a cada uno de los personajes, lo que constituye una promesa más que jugosa que se va desarrollando conforme avanzan las páginas.

En cuanto a los personajes, llama la atención que de diez expedicionarios, sólo hay tres hombres y el resto son mujeres. De hecho, las mujeres son las grandes protagonistas de la novela, las mujeres y su subordinación tradicional a los hombres, las mujeres y su instinto sexual o su aletargamiento, o sus necesidades insatisfechas. Las mujeres y su fortuna o desgracia en función de su físico, cosa que en las Tres Sirenas se promete diferente, o mejor dicho, indiferente.

Y con respecto a los hombres, a los que incluye sólo tres [protagonistas, más algún otro secundario], los presenta invariablemente como seductores misóginos o simplemente machistas arcaicos con lo que consideran suyo [es decir, sus mujeres o, más concretamente, el sexo de sus mujeres]. Los tres por tanto se quedan en una especie de estereotipo tricéfalo masculino, mientras las mujeres sí tienen más desarrollo individual y particular. Parece casi que Wallace trate de dar una lección magistral al hombre de las cavernas sobre el sentir de las mujeres. Hay que entender en este punto que la novela se publica a mediados de los años 60, en que la llamada liberación sexual de la mujer estaba en su apogeo, pero que presenta a unos personajes femeninos todavía muy dependientes de los hombres, probablemente para destacar aún más el contraste con la feliz y placentera vida de los isleños, ajenos a estos pesares.

Desde luego hay que reseñar también el paisaje idílico e irresistible que nos plantea. Un viaje directo a una utopía donde no hay prejuicios ni complejos, ni avaricia ni resentimiento.

La Utopía. Pero, la primera cuestión sobre la utopía es siempre la misma: ¿Cómo llegar y qué hay que dejar atrás para ello? Una de las primeras y elementales características de la Utopía es su inaccesibilidad, su aislamiento completo del "mundo exterior". Parece haber una idea intrínseca de que si todo el mundo tuviera acceso a la utopía, esta dejaría de serlo inmediatamente, pues quedaría corrompida y deformada hasta quedar irreconocible.

Por ello, cumpliendo con el cliché, debe ser un lugar especialmente remoto, olvidado de la civilización, y sólo algunos bienintencionados perseverantes pueden alcanzarla. Por eso, alejados del resto de la humanidad, estos viajes a la utopía suelen ser, en cierto sentido, viajes también en el tiempo, a un pasado algo primitivo y endulzado, en los que el sistema tiene tantas lagunas o debates no planteados como el autor quiera dejar de lado. En este caso, lo que convierte a Las Tres Sirenas en utopía es el sistema sexual. Cierto que hablar de ello es siempre polémico y a veces problemático, al menos en nuestra sociedad, como diría Tom Courtney, pero, ante una promesa tan amplia y rica, el lector se va decepcionando al pasar las páginas y descubrir que todos los problemas de los personajes y todas las soluciones que propone la utopía, se limita a un sistema de libertad sexual, simple y llanamente. En este sentido parecería casi un alegato de Freud sobre el efecto de los traumas y complejos sexuales en el comportamiento de las personas, olvidando conscientemente todos los demás aspectos de la existencia humana.

Y esto se revela en la segunda pregunta elemental que sobrevuela la utopía, a saber ¿cuál es el secreto de la felicidad? ¿Cuál la clave del éxito? ¿A qué precio? Wallace deja claro lo concerniente a la libertad sexual y la ausencia de complejos, en un lugar donde reina la naturalidad pero curiosamente todos son hermosos y hercúleos, y nos hace creer que simplemente una educación ligeramente diferente en cuanto a contenidos cambia completamente una sociedad en la que parece no haber problemas. Es muy cómodo plantear una utopía en la que nunca existen conflictos, más allá de los maritales, que se resumen en la necesidad de más o menos sexo.
Tanta liberación sexual por todas partes, pero convenientemente se niega la existencia de la homosexualidad.
¡Qué fácil una utopía en la que supuestamente no hay discriminación, si tampoco existe diferencia! ¿Cómo se van a tratar diferente si allí son todos bellos, bien dotados, heterosexuales y, además, conformistas?

Conformistas, sí, entre otros motivos porque son gobernados por un jefe, que toma las decisiones unilateralmente, y además hay una jerarquía para asuntos más delicados como el divorcio. El jefe dicta las normas y hace las veces de juez. Decide por todos en todo momento. Y a todo el mundo le parece bien esto. Es una suerte que el jefe nos sea presentado como una persona templada y sensata, magnánima y respetuosa con otras culturas y con todos los individuos bajo su yugo, que cumplen sus órdenes siempre complacientes; pero no nos cuenta qué pasaría si el jefe fuese otro personaje cualquiera, algo desquiciado o falto de algunas de esas cualidades, cosa que es más que probable en un régimen hereditario. Porque el régimen es hereditario. De hecho cuenta cómo en los orígenes de aquella sociedad mestiza el patriarca de los visitantes occidentales era partidario de un sistema más sensato y meritocrático: un triunvirato formado por personas educadas y testadas repetidamente hasta haber probado su preparación para ostentar semejante poder, al modo platónico, y cómo había desechado esa idea con ademán indiferente en favor del tradicional sistema hereditario. Divagación que, por cierto, apenas se menciona en un párrafo de las aproximadamente 400 páginas, según la edición.

Evidentemente, uno empieza a preguntarse ante qué clase de utopía se encuentra, si es que efectivamente lo es. Parece más bien una fábula o un cuento en que todos los habitantes del reino fueron felices y comieron perdices, vivieran en el régimen que vivieran. No hay lugar para la discusión. Se es feliz con lo que se tiene, no tanto en el plano material [que también], sino en el propio plano existencial.
Esta reflexión que sería probáblemente de más interés etnológico para la gran Maud Hayden queda silenciada en sus intereses y estudios, pasando sin ninguna relevancia por el argumento.

Pero lo peor está por venir. Es la propia Maud, la gran profesional, la jefa de la expedición, la que en un momento dado, y hablando comparativamente sobre los matrimonios occidentales y los de Las Tres Sirenas, quien sin previo aviso se aleja de los comportamientos sexuales [tema que, como se remarca en toda la novela está mucho mejor resuelto en la isla] y suelta una reflexión, que para más inri queda sin contestar, en apenas dos líneas y que no puedo dejar de transcribir, porque me parece reveladora de la auténtica infamia de esta supuesta sociedad ideal: "...Tengo también motivos para creer que aquí resuelven los problemas conyugales mucho mejor que en Norteamérica. Sencillamente, las mutuas relaciones están mucho más claras. Entre nosotros, no están claros los deberes y derechos respectivos de los cónyuges. En Las Sirenas, no existe confusión. El hombre es el cabeza de familia. Él es quien toma las decisiones. La mujer ocupa un lugar secundario en todas las situaciones sociales. Sólamente es alguien y tiene autoridad en la casa. Allí sabe que está su hogar, junto a su esposo. Sí, es todo más sencillo."

¿ES o NO ES para cabrearse?
Hayden suelta esta frase, tranquilamente, sin matizaciones posteriores, y ahí queda, medio olvidada entre el baturrillo de acontecimientos, revelándose en ella, sin paliativos, el plumero de Wallace. Esta es la verdadera respuesta, como decía, a la segunda cuestión de la utopía. ¿A qué precio? Para Wallace parece ser el precio de la conformidad ante la injusticia o la desigualdad.

Nos vendían un mundo donde las mujeres fueran felices independientemente de su belleza o edad, pero nos encontramos un mundo en que todas son extraordinariamente bellas y rejuvenecidas. Nos vendían un mundo donde los "hombres no han de demostrar constantemente su virilidad", pero sin embargo se enfrentan periódicamente a pruebas atléticas en busca del atractivo sexual. Nos vendían un mundo sin discriminación, pero nos encontramos un mundo en que no existe la diferencia ni tampoco la posibilidad de discrepar; nos vendían una utopía, y nos encontramos con un régimen totalitario, hereditario y patriarcal, pero en el que todos son felices simplemente por que no tienen limitaciones o tabús sexuales. Quizás, en este sentido, se parece más al concepto tradicional de paraíso que al de utopía.

Algunos me criticarán [no sin algo de razón] el centrarme en lo negativo y no en lo positivo. Me refiero en sentido literal, es decir, centrarme en lo que no está o en lo que falta más que lo que efectivamente está. Es cierto que hay una profunda reflexión sobre el sexo y todas las ideas muchas veces obsesivas que lo rodean en nuestra sociedad y en la posibilidad de un lugar donde se viviera la sexualidad libre y plácidamente. Pero, a decir verdad, es algo que más o menos cualquier lector comprende relativamente pronto en la lectura y que llegado a cierto punto empieza a hacerse redundante. De hecho, es justo en ese momento en que aparecen esos dos párrafos que hemos citado [en el que se niega la existencia de la homosexualidad, en la misma frase en la que se niega la existencia de violencia, abusos o abortos, ojo al dato; y el que he incluído aquí de Maud Hayden] que rompen bastante la visión idílica y que quizá se echa de menos una profundización en ellos que no llegará. En su lugar, llega un final a todas luces decepcionante.

La moraleja en prácticamente todos los casos es que al final todos claudican al matrimonio, al mismo tipo de matrimonio que les trajo desgracia por un motivo u otro en el pasado, algunos con visos todavía más absurdos, pero en todos casos sin una reflexión al respecto. Es como el lazo final, sin relación alguna con todo lo que han visto y vivido en la isla. Una breve y anecdótica lección moral en el mejor de los casos.

Aunque soy reticente a juzgar los libros por su final, porque soy consciente que es muy difícil entrontrar un final plenamente satisfactorio en la mayoría de los casos, por lo menos para mí y por ello considero un mal final lo más común, emocionándome notablemente cuando encuentro uno a la altura de las circunstancias; en este caso seré inflexible porque Wallace tenía muchas oportunidades para cerrar la historia [o las historias] de una forma mucho más resoluta e incluso magistral, pero las rechaza voluntariamente en pos de, como hemos dicho antes, la claudicación de todos ellos al final feliz tradicional que podría verse casi como una vuelta al comienzo. Quizá las seis semanas se les han quedado cortas a estos personajes y necesitaban algo más de tiempo. Pero, como suele ocurrir en estos viajes, uno nunca está preparado para el final, por mucho que supiera su llegada.


miércoles, 17 de octubre de 2012

1984

Para los que somos de mi generación, de los 80 en adelante, o incluso también de los 70 o los últimos 60 [por su niñez entonces, a la se supone un alto nivel de inocencia], nos es difícil imaginar, ahora, casi cuarenta años después, lo que es vivir en un régimen totalitario. Sé que hay otros ejemplos en el mundo, pero, precisamente por su condición de totalitarismo, es muy poca y muy sesgada la información veraz de que disponemos sobre la vida cotidiana en esas circunstancias. De hecho, suele ser contraria la información procedente del país y la de la prensa internacional.
Con esta visión, de quien vive en un "país libre", [término que también cabría analizar], nos parece increíble, en el sentido literal de la palabra, que tantas veces en la historia, no ya la historia pretérita, sino pongamos la historia reciente, la del último siglo, el poder haya sucumbido a los designios de una persona o un grupo reducido de personas, con capacidad para mantener a millones bajo un yugo autoritario de obediencia absoluta y terror. Uno llega a preguntarse cómo reaccionaria, cómo sería su vida en un infierno así. Cómo podría aguantar ese régimen año tras año. Cómo no rebelarse, o volverse loco. 

Georges Orwell imaginó un lugar así, en un futuro relativamente cercano, a treinta años vista aproximadamente, situó un estado totalitario, controlado compulsivamente y hasta lo más nimio por "el Partido", invadido de telepantallas, en un Gran Hermano del terror, en que nada puede ser hecho o dicho sin que el Partido lo vea, lo escuche, y lo reprenda, siendo el castigo la tortura y la muerte. En medio de esta distopía, nos sitúa el personaje de Winston, un pobre hombre, que podría ser cualquiera de nosotros, que lleva, casi desde que tiene memoria, viviendo en esa situación. Por supuesto el Partido tiene un manejo abrasivo de la información, manipulándola hasta puntos inconcebibles, desde el llamado "Ministerio de la Verdad", en el que trabaja Winston.
Lo que más le llama la atención es la posibilidad de cambiar el pasado.
El Partido no hace más que legitimarse en base a lo que ellos mismos dicen que era el pasado, algo que cada vez es más difícil de saber. Un fragmento más que elocuente sobre esa manipulación, aquí.  

No sólo se manipula el pasado, el Partido manipula y controla a todos sus miembros, dejando a los proles, la mayoría de la población, viviendo prácticamente como si fueran ganado. Todos los aspectos de la vida son controlados y manipulados. El propio lenguaje [he ahí la clave], está siendo reformulado, en lo que ellos llaman la neolengua, como ellos mismos dicen, la única lengua que decrece en cada nueva edición del diccionario: se suplantan palabras que pudieran tener matices, por puros antónimos, como si fueran números, y para colmo la mayoría de las palabras significan algo positiva o negativamente diferente aplicadas a un enemigo o a un miembro del Partido.
Porque los enemigos son un elemento fundamental para la perpetuación del régimen.
La guerra, la guerra como constante destructiva del excedente de producción que no se quiere destinar a un sistema más igualitario y justo, la guerra y el miedo como perpetuación de los esquemas de poder, como justificación del hambre, de la desigualdad, de la muerte. Uno de los grandes aciertos de la obra, no sólo como recurso escenográfico, sino también como un recurso narrativo propiamente, presente en infinidad de situaciones y lugares diferentes, son lo que llaman las telepantallas. Son como monitores de televisión pero con recepción de la señal en ambos sentidos, por lo que uno puede ser observado a través de ella sin saberlo. Y gran parte de esa intimidación, de esa permanente sensación de estar siendo controlado, viene también de no saber nunca si hay alguien mirando cada cosa que haces, y de ser así, quién, y qué repercusiones podrá tener. Winston se imagina multitud de veces que le pillan, y vienen a por él, y puede que eso mismo sea lo que en parte le hace tener ese deseo de rebelión.

Escrito con una prosa absorbente, desde la primera página, y repleto de paradojas y paralelismos que despertarán las más inusitadas reflexiones del lector, desde el mouseion queremos recomendar 1984, para todos aquellos que todavía no lo hayan leído, y para los que lo leyeron hace mucho tiempo [como es mi caso], también.